lunes, 6 de noviembre de 2017

La sonrisa de Elena y el beso de Celeste

Una noche de mayo, una noche como esta en la que el viento soplaba con energía y la temperatura obligaba a tiritar a aquel que la desafiara, apareció la Muerte afuera de la casa de la joven Elena. Obsesionada y ofuscada golpeó la puerta hasta que esta joven abrió. Tal fue el horror que sintió Elena al ver a su visita vestida de negro sin ojos y con un hedor nauseabundo al frente de ella que quedó inmóvil. 

La Muerte le ordenó entregar al ser viviente más joven y puro de la casa con un tono desafiante. La señora estaba muy molesta con Elena, ya que la joven era la única del pueblo que siempre tenía una sonrisa en el rostro sin importar las inclemencias del clima y los daños de sus sembríos o las noticias desalentadoras de sus vecinos. Elena siempre sonreía desde el día en que nació. Tenía un aura angelical, único en el pueblo, irradiaba alegría por donde ella iba.

Al fallecer su madre y luego su padre, ella quedó a cargo de su pequeña hermana, Celeste. Nada le importaba más a Elena que brindar alegría y tranquilidad a Celeste. Eso enfurecía mucho a la muerte que se iba llevando poco a poco a todos los habitantes del pueblo que lentamente perdían la sonrisa por los problemas de sus sembríos y por su pobreza. La Muerte se iba apoderando poco a poco del que perdiera la esperanza. El primer síntoma era perder la sonrisa, al día siguiente la temperatura del cuerpo bajaba rápidamente, después el enfermo perdía el apetito y por último, la esperanza. Es así que la Muerte esperaba con ansias el primer síntoma, la pérdida de la sonrisa ya que era signo de que podría llevarse un alma más. 

Sin embargo, con Elena era diferente. Ella no dejaba de sonreír y siempre veía el lado positivo a todo acontecimiento. Celeste, su pequeña hermana, se inspiraba en Elena. La Muerte quería llevarse a Elena primero, pero no podía hacerlo sin que ella perdiera su sonrisa así que ideó un plan malévolo, escondería a Celeste en el bosque y así haría que Elena perdiese su bella sonrisa. 

Esa noche fría de mayo, en la que todos los habitantes del pueblo tiritaban cada vez que abrían sus puertas, fue que la Muerte intentó quitar la sonrisa del rostro de Elena. Cuando la joven vio a la señora de negro ordenando la entrega de Celeste de manera inmediata, Elena derramó una lágrima del ojo derecho, sólo una lágrima es lo que ella se pudo permitir. Inmediatamente después, buscó un pañuelo y se lo secó. Entonces la joven llamó a Celeste, la pequeña de 5 años apareció, tomó la mano de la señora Muerte y le dio un beso. En ese momento, Elena no pudo hacer otra cosa que sonreír de tan tierno gesto. 

La Muerte enfurecida, quiso disimular su molestia, presurosa corrió hacia afuera, avergonzada se alejó del pueblo y dejó a Elena y Celeste en paz. Desde esa noche, las hermanas no volvieron a saber de la Muerte, y sin saber si es coincidencia o no, las inclemencias del clima cesaron y los sembríos volvieron a dar sus frutos. 

La Muerte dejó en paz al pueblo de Elena por 30 años, tiempo suficiente para calmar sus mejillas de tan vergonzoso episodio para ella: la noche en la que la Muerte sintió ternura por una niña.

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