lunes, 6 de noviembre de 2017

Una sonrisa macabra

Franco es un amigo, un ser encantador al que le pasó historia tal que es digna de contar. Hace dos semanas Franco salió presuroso del trabajo en la noche, había hecho horas extras y se le hacía tarde para tomar el último tren. Iba caminando cuando de pronto sintió unos pasos detrás de él, era extraño ya que no había visto a nadie al salir de la fábrica. Volteó y no logró ver a persona alguna, solo dos perros durmiendo en la acera. Siguió caminando las ocho cuadras que lo separaban de la estación y ahora escuchaba a alguien correr detrás de él. 

-“¡Franco!”- alguien gritó, mi amigo giró la cabeza y sintió que algo no andaba bien, parecía que alguien lo andaba siguiendo ¡y sabía su nombre! Sin embargo, esa persona se escondía de él. Su corazón empezó a acelerarse. Siguió caminando, ahora con una sensación de incertidumbre. De pronto, empezó a sentir zumbidos en los oídos, como si un insecto estuviera adentro de estos. Siguió caminando, pero ahora a un ritmo más rápido, casi iba corriendo. Cruzó una pista de doble sentido sin ver a los carros que trataban de esquivarlo gritándole "imbécil" al pasar. Los zumbidos eran cada vez más fuertes, empezó a correr sin saber exactamente por qué mientras se golpeaba las orejas como si los zumbidos terminaran con este acto. 

A pesar de los zumbidos logró escuchar -“¡Franco, ayúdame!” - con una voz desesperada, esta vez la voz era de una mujer. Volteó y solo logró ver una sombra que se confundía con los postes de luz. No sentía las piernas y tenía escalofríos, Franco empezó a llorar extrañamente. Algo habría pasado, era muy extraño que nadie transitara por ahí. Este hombre vio el edificio abandonado, al que siempre evitaba pasar cerca por su apariencia taciturna, y corrió hacia él. Un impulso inexplicable le hizo ingresar a tal lúgubre lugar, los zumbidos se iban apagando a medida que subía las escaleras pero esta vez la voz gritaba desesperadamente “¡Franco, Franco, Franco, Franco!” La voz no callaba. 

Mi pobre amigo ya no sentía su cuerpo, Franco llegó a la azotea y de pronto los zumbidos terminaron. Sintió una paz que no le hizo pensar en nada, solo sentía que flotaba. Su mirada perdida le hizo continuar hacia el borde. De pronto se vio a él mismo al borde de la cornisa. No sabía lo que le esperaba. El grito suplicante ahora decía: -“¡Ayuda, Franco! ¡Por piedad, ayuda!”-Era un ruego desgarrador, una mezcla de súplica, desconsuelo y llanto. Súbitamente, se sumó un aullido interminable a los ruegos que lo ensordeció, Franco estaba a punto de caer. 

Los ojos de Franco solo emanaban lágrimas sin sentido, pues jamás había sentido tal paz como aquella en ese lugar, en esa azotea, con esa vista al vació, a esas horas de la noche. Estaba fuera de él. Su cuerpo se había separado de su mente. Volaba. A pesar del llanto ensordecedor jamás había experimentado el placer de sentirse al límite al escuchar un grito desesperanzador. La voz femenina lloraba y lloraba pero Franco parecía estar deleitado con el ritmo del llanto. Ya no pensaba en nada, solo caminaba por la cornisa. Al mover la cabeza, debajo de él, en la acera le pareció ver a una mujer, era ella la que lloraba desesperadamente y seguía aclamando  -“Por favor, por favor” - con una voz tan quejumbrosa y aguda que extrañamente acariciaban los oídos del joven. 

Mi querido amigo Franco observaba a la misteriosa mujer llorar, los ojos de ella estaban clavados en el suelo, entonces en un segundo ella levantó la cabeza y posó sus ojos rojos grandes fijamente sobre los ojos negros del hombre. Franco sintió una punzada en el corazón que lo hizo temblar. Había regresado a su cuerpo. Ahora la mujer no dejaba de mirarlo y gritaba lo mismo pero sus labios dibujaban algo macabro en su rostro. ¡Era una sonrisa! 

Algunas veces seres extraños como nosotros hemos podido realizar tal acto, llorar y reír a la vez, no hablo de metáforas sino físicamente, los labios esbozan una sonrisa mientras que los ojos producen gotas de penumbras del alma. Esta mujer lo llamaba, pudo haber sido un llamado a la muerte, y sin embargo, generaban placer en Franco. Mientras veía el cuerpo de Franco caer, ese ser maldito gritaba su nombre. 

Lo encontraron a la mañana siguiente con los ojos rojos llenos de sangre y lo que conmocionó a la policía fue la boca, “¡Ay de este hombre!” – Comentaban los oficiales - “Este se mató riendo”. Uno a uno empezó a sentir una sensación de placer inexplicable. ¿Podemos culparlos? ¿Acaso alguno de nosotros no ha sentido placer ante el dolor ajeno? 

Los días subsiguientes fueron los más productivos e interesantes. Franco era feliz al fin, nos encontramos cada día a la misma hora en el edificio, pero ahora Franco trae a un invitado nuevo cada día. Esta semana son los oficiales que lo vieron sonreír. Lo único que nosotros anhelamos es que encuentren la paz que encontré yo y la que le hice ver a Franco. Porque esta historia la conozco porque yo la viví con él. Uno a uno va cayendo, mientras Franco y yo sonreímos, escuchamos deliciosamente el ruido de sus cuerpos estrellándose contra el pavimento. Todos tienen algo en común. Una espléndida pero macabra sonrisa.

Una venganza tardía y el hombre bestia

¿Qué hace ese hombre bestia? Le quita la ropa con brutalidad, su respiración se acelera, se siente su jadeo al respirar. ¿Quién es aquel que está siendo desnudado? ¡Es otro hombre! Al parecer eran ciertos los rumores. Trataré de que no me escuchen mientras sigo observando desde el otro lado del río. El hombre bestia que está encima del otro es muy grande, su cabello es largo y desordenado. Oigo gritos, no logro ver bien desde acá, no puedo creer lo que está sucediendo. Después de todo sí era verdad todo lo que escuché en el pueblo. El gran hombre lo está desgarrando con sus manos, debe tener algún objeto, una piedra o cuchillo quizás. Pero su víctima sigue luchando. Ahora me acerco. Encuentro unas piedras sobresalidas del río. El miedo extrañamente no me detiene, al contrario, me anima a seguir. Cruzo el río. Al parecer la bestia sigue con su macabra labor. Primero las entrañas, luego el corazón, ahora la cabeza. Encuentra una piedra, logra abrir el cráneo de un solo golpe. ¿Por qué no siento pena? Al contrario, lo disfruto. La bestia solo quiere saciar su hambre. Después de todo se lo merecía, aquel que abusa de otro inocente ser merece morir de la manera más cruel. Hernán murió desollado por la bestia después de haber abusado de un niño, un inocente niño que confió en él cuando buscaba amistad. Yo llevé a Hernán a la selva a ser devorado por la bestia. Este ser hambriento disfruta de su presa y me mira como invitándome a la cena. Quizás siente empatía por mí. El niño que fue abusado está satisfecho, aunque ya haya cumplido 35 años, los que tengo yo.

La sonrisa de Elena y el beso de Celeste

Una noche de mayo, una noche como esta en la que el viento soplaba con energía y la temperatura obligaba a tiritar a aquel que la desafiara, apareció la Muerte afuera de la casa de la joven Elena. Obsesionada y ofuscada golpeó la puerta hasta que esta joven abrió. Tal fue el horror que sintió Elena al ver a su visita vestida de negro sin ojos y con un hedor nauseabundo al frente de ella que quedó inmóvil. 

La Muerte le ordenó entregar al ser viviente más joven y puro de la casa con un tono desafiante. La señora estaba muy molesta con Elena, ya que la joven era la única del pueblo que siempre tenía una sonrisa en el rostro sin importar las inclemencias del clima y los daños de sus sembríos o las noticias desalentadoras de sus vecinos. Elena siempre sonreía desde el día en que nació. Tenía un aura angelical, único en el pueblo, irradiaba alegría por donde ella iba.

Al fallecer su madre y luego su padre, ella quedó a cargo de su pequeña hermana, Celeste. Nada le importaba más a Elena que brindar alegría y tranquilidad a Celeste. Eso enfurecía mucho a la muerte que se iba llevando poco a poco a todos los habitantes del pueblo que lentamente perdían la sonrisa por los problemas de sus sembríos y por su pobreza. La Muerte se iba apoderando poco a poco del que perdiera la esperanza. El primer síntoma era perder la sonrisa, al día siguiente la temperatura del cuerpo bajaba rápidamente, después el enfermo perdía el apetito y por último, la esperanza. Es así que la Muerte esperaba con ansias el primer síntoma, la pérdida de la sonrisa ya que era signo de que podría llevarse un alma más. 

Sin embargo, con Elena era diferente. Ella no dejaba de sonreír y siempre veía el lado positivo a todo acontecimiento. Celeste, su pequeña hermana, se inspiraba en Elena. La Muerte quería llevarse a Elena primero, pero no podía hacerlo sin que ella perdiera su sonrisa así que ideó un plan malévolo, escondería a Celeste en el bosque y así haría que Elena perdiese su bella sonrisa. 

Esa noche fría de mayo, en la que todos los habitantes del pueblo tiritaban cada vez que abrían sus puertas, fue que la Muerte intentó quitar la sonrisa del rostro de Elena. Cuando la joven vio a la señora de negro ordenando la entrega de Celeste de manera inmediata, Elena derramó una lágrima del ojo derecho, sólo una lágrima es lo que ella se pudo permitir. Inmediatamente después, buscó un pañuelo y se lo secó. Entonces la joven llamó a Celeste, la pequeña de 5 años apareció, tomó la mano de la señora Muerte y le dio un beso. En ese momento, Elena no pudo hacer otra cosa que sonreír de tan tierno gesto. 

La Muerte enfurecida, quiso disimular su molestia, presurosa corrió hacia afuera, avergonzada se alejó del pueblo y dejó a Elena y Celeste en paz. Desde esa noche, las hermanas no volvieron a saber de la Muerte, y sin saber si es coincidencia o no, las inclemencias del clima cesaron y los sembríos volvieron a dar sus frutos. 

La Muerte dejó en paz al pueblo de Elena por 30 años, tiempo suficiente para calmar sus mejillas de tan vergonzoso episodio para ella: la noche en la que la Muerte sintió ternura por una niña.

El adiós

Ahí está él, mi ángel blanco, frente a mí, diciendo cada palabra que una vez me juró nunca decir; está pronunciando sonidos que cada vez son más difíciles de entender para mí. Son sonidos distorsionados, hieren mis oídos y calan hasta lo más profundo de mi ser. Me hiere y disfruta sádicamente del espectáculo. Todos quienes me dijeron que mi ángel luminoso sólo me nublaba la vista empiezan a aparecer en mi mente, pero ¿Qué sabían ellos del verdadero sentir del ángel mío? Siento dolor, el sonido ininteligible que él produce no me deja distinguir la realidad de la fantasía. Lo veo frente a mí, tiene una daga en la mano ¿Entonces lo que mi ángel quiere es terminar con mi vida de esta manera? ¿Fue mi «ángel» realmente un ser de amor? Este ente ahora me está clavando la daga en mi pecho. Caigo al piso y sólo siento un líquido tibio sobre mi pecho y al minuto siguiente siento frío. Mis oídos también sangran pero el dolor de su ausencia al verlo caminando con dirección a la puerta me hiere más. Me aferro a una de sus piernas para que no me deje. Temo morir sola pero al quedarse solo produce más dolor, siento que me faltan las fuerzas. El aura blanca que lo rodeaba y que me producía paz ahora se está tornando negra. Entonces comprendo que este ser nunca fue un ángel sino un ser oscuro. Me alejó de lo que más quería y ahora que estoy sangrando lo veo en realidad. Mientras más se aleja, más claridad tengo en mi alma. El ente oscuro se fue, me dejó sangrando, el sonido ensordecedor se apagó y volvió la paz. Adiós.